La reciente victoria de Abelardo de la Espriella en Colombia confirma una tendencia política que viene consolidándose en América Latina: el avance de liderazgos de ultraderecha que capitalizan el descontento social, la inseguridad, la polarización y la crisis de confianza en las instituciones democráticas. En un escenario regional cada vez más marcado por discursos de orden, mano dura y soluciones rápidas, el mapa político latinoamericano sigue reconfigurándose con impactos profundos en la vida pública, los derechos humanos y la convivencia democrática.

Este fenómeno no se limita a un solo país. En distintos puntos de América Latina, el desgaste de los gobiernos tradicionales, la fragmentación política y la sensación de incertidumbre han abierto espacio a proyectos que prometen estabilidad, autoridad y respuestas inmediatas. Sin embargo, detrás de ese mensaje suelen aparecer agendas conservadoras que cuestionan avances en igualdad, inclusión, protección social y derechos de las poblaciones más vulnerables.

Un cambio político con alcance regional

El caso colombiano debe entenderse dentro de un contexto más amplio. América Latina atraviesa una etapa de fuerte polarización ideológica, donde la discusión política ya no se limita a programas de gobierno, sino que también gira en torno a modelos de sociedad, derechos fundamentales y el papel del Estado. El crecimiento de opciones de ultraderecha responde, en parte, al cansancio ciudadano frente a la inseguridad, la corrupción y la falta de resultados concretos, pero también a un uso cada vez más eficaz de narrativas emocionales y mediáticas.

En varios países de la región, este tipo de liderazgos ha logrado conectar con sectores amplios de la población mediante mensajes simples y directos. Su fuerza no solo proviene de las urnas, sino también de su capacidad para instalar marcos de interpretación sobre el miedo, la crisis y la necesidad de “recuperar el control”. Esa estrategia, aunque efectiva en términos electorales, suele traer consigo una visión más restrictiva de la democracia y de los derechos ciudadanos.

Impacto en derechos y convivencia democrática

Para organizaciones sociales, entidades del tercer sector y colectivos que trabajan con personas migrantes, refugiadas y en situación de vulnerabilidad, este tipo de escenarios exige una lectura atenta. El avance de discursos excluyentes puede traducirse en mayores obstáculos para la integración social, el reconocimiento de la diversidad y la defensa de los derechos humanos.

Cuando el debate público se endurece, también se endurecen las políticas que afectan a quienes ya se encuentran en situaciones de mayor fragilidad. Por eso, más allá del resultado electoral, lo relevante es observar cómo estas dinámicas inciden en la protección de derechos, en la construcción de ciudadanía y en el lugar que ocupan las minorías dentro del espacio público.

Una región en disputa

América Latina vive hoy una disputa política y cultural de gran intensidad. Las tensiones entre modelos progresistas, conservadores y autoritarios no solo se expresan en elecciones, sino también en la conversación cotidiana, en los medios de comunicación y en las redes sociales. La desinformación, la frustración social y el desencanto institucional contribuyen a acelerar estos cambios.

En este contexto, fortalecer la democracia implica mucho más que ganar elecciones. Supone garantizar instituciones sólidas, espacios de participación reales y políticas públicas capaces de responder a las necesidades de la población sin renunciar a la justicia social ni a la inclusión. También exige mantener una mirada crítica frente a los discursos que convierten la complejidad social en enemigos internos o en simplificaciones peligrosas.

El papel de ACULCO

Desde ACULCO, creemos que este momento político invita a reforzar el compromiso con los derechos humanos, la convivencia democrática y la protección de las personas migrantes y vulnerables. La situación en Colombia y en otros países de la región nos recuerda que los cambios políticos no son ajenos a la vida cotidiana de millones de personas, especialmente de quienes ya enfrentan desigualdad, discriminación o exclusión.

Frente al avance de discursos excluyentes, resulta imprescindible seguir construyendo espacios de información, acompañamiento y defensa de la dignidad humana. La democracia no solo se mide por la celebración de elecciones, sino también por su capacidad para incluir, proteger y garantizar derechos para todas las personas.

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